Els bon vivants del futur serem anomenats gordos – Winston Churchill

Segueixo escrivint la meva història sobre la mala imatge del greix.

El nostre darrer heroi va ser Gandolfini i ja no hi és.

Perquè l’únic humor bo és l’autoparòdia, aquí teniu un bon article.

Gordo  (Salvador Sostres)

He engordado como un cerdo. Para el goce de mis detractores diré que ya estoy a punto de matar. Me siento profundamente incómodo con mis muchos, demasiados quilos de más. Incómodo porque hasta me resulta difícil atarme los cordones de los zapatos, incómodo porque toda la ropa me empieza a quedar justa, incómodo porque la papada me molesta cuando bajo ligeramente la cabeza para mirar la televisión, incómodo porque ronco como una bestia y el ruido de mi propio ronquido me despierta; e incómodo porque me miro al espejo y me veo hecho un cerdo, un cerdo a punto de matar o de estallar. De tan mal que me tiene que ver, mi mujer ya ha pasado a la fase de no recriminarme nada. Simplemente me besa y me abraza y me pregunta si estoy bien.

Cada noche me acuesto con el firme propósito de empezar a enmendarme a partir del día siguiente y cada mañana me veo comiendo absurdamente, llevado por la ansiedad que me provoca estar tan pasado de peso y tan incómodo. Y las cosas no hacen más que empeorar.

En mi defensa diré que ningún gramo de este exceso ha sido vulgar, ni de baja calidad, ni de estilo escaso. Las viandas han sido excepcionales y el whisky siempre de malta. También puedo decir que las conversaciones fueron siempre muy agradables, que la amistad fluyó, y la esperanza. La celebración de la vida, con agradecimiento y alegría, ha sido constante, y eso yo creo que también es importante, y que también cuenta, aunque de otro modo, y en otro cómputo.

Pero poco importan estos y más detalles cuando ante la menor maniobra me falta el aire, cuando en cualquier postura me siento incómodo, cuando quiero parar y no puedo, cuando llego al final de otro día en que he fracasado en mi propósito y me encuentro todavía peor que el día anterior. Peor por el peso del cuerpo y peor por el peso, moral, de la poca preponderancia que en este asunto está teniendo mi fuerza de voluntad.

Me pregunto cuántas veces la angustia que nos provoca estar fracasando nos lleva a tomar decisiones que nos hacen fracasar todavía más. Me pregunto cuántos oscuros pozos no habríamos tenido que frecuentar si al detectar el peligro hubiéramos conservado la serenidad y hubiéramos actuado del modo razonable con que damos despacho a los demás aspectos de nuestra cotidianidad.

Más allá de que yo nunca voy a estar delgaducho, porque no es mi constitución ni mi objetivo; más allá de que la gastronomía es la forma artística que más me interesa y motiva, y que no pienso renunciar a ella; y más allá de las longitudinales sobremesas con los amigos que tanto hay que agradecer a Dios, y en las que tanto le agradecemos la vida; hace días que me doy cuenta de que algo de mí conspira contra mí mismo, que la situación empeora por la inquietud que me produce el propio disgusto y estoy compitiendo, fundamentalmente, contra mi parte sombría.

 ¿No es casi siempre así? Salvo en casos de muy calamitoso infortunio, ¿no hay siempre una parte de nosotros que es la que más poderosamente nos empuja al abismo?

También tengo que reconocer, avergonzado, que la incomodidad y la decepción han excitado mi irascibilidad. Me irrito con una gran facilidad, he perdido la paciencia, me temo que me he vuelto un poco maleducado y caigo en discusiones completamente innecesarias con personas a las que adoro. Cuando estoy en forma no soy tan torpe, y elijo yo las peleas en las que me meto, que nunca son con mi esposa o mis amigos. Estoy claramente descompensado. Días de vivir a traspié, con la puñetera sensación de llegar siempre tarde.

He engordado como un cerdo y podría buscar decenas de excusas. Podría primero decir que no me importa estar tan gordo, y entretenerles con la retórica de la buena vida, con la metáfora del exceso, con el desprecio al cuerpo y todo ese argumentario que tan bien conozco, porque tantas veces lo he practicado.

Una vez asumido el problema, y el malestar, podría culpar a mi trabajo, a la necesidad que tengo cada semana de almorzar o cenar con personas que puedan explicarme cosas para que yo luego pueda escribirlas. Podría culpar a mis amigos, y a su insistencia en verme. Y ya puestos a culpar a todo el mundo podría culparme también a mí diciendo: “es que yo soy así, qué le vamos a hacer”.

Nadie que no sea yo tiene la culpa de mi sobrepeso, ni de mi fracaso. Ni los grandes restaurantes, ni mis buenos amigos, ni mi maravilloso trabajo. Ni siquiera que “yo sea así”, me puede librar de mi evidente responsabilidad, porque yo no soy “así”, ni nadie es “así” y todos podemos y tenemos que esforzarnos para mejorar.

Cuando estás gordo, a punto de matar, es bueno mirarte en el espejo. Desnudo y detenidamente, sin ninguna prisa. Y asignar a cada pliegue de grasa y carne una debilidad y una culpa. Hay que denunciarse, hay que poder ver dónde hemos llegado. Comprender el drama para entender que no tenemos más remedio que reaccionar.

He engordado como un cerdo y creo que mi mujer y mi hija esperan algo más de mí, algo más serio, a ser posible, que acabar estallando de frustración y de incapacidad.

 

 

 

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